Fiesta en el apartamento

Era una noche de invierno, un viernes, un piso de estudiantes donde se celebraba botellón.
Hacía rato que la fiesta había empezado cuando ella llegó.
Mientras todos estabán en el salón, bebiendo, hablando, cantando o cualquier otra cosa que se suele hacer cuando una fiesta se anima, ella se fue un momento al baño.
Al cabo de un rato fueron a llamarla, por si se encontraba mal, era raro que tardara tanto, dijo que no se preocuparan que enseguida salía.
Al fin salió, no le hubieran prestado mucha atencíon de no ser por llevar puesto el abrigo y repetir insistentemente que sentía frío.
Cuando la noche estaba avanzada y fueron al bar, todos dejaron sus abrigos sobre la barra.
Una cajita de polvos iluminadores para el rostro de Dior se escurrió hasta el suelo. Alguien comentó: ¡vaya es la marca que uso yo!
Al volver a casa, el salón estaba desordenado por la fiesta.
Cuando entró al baño un grito rompió le silencio: ¡Me han robaaadoooooo todo!
Durante días todos hablaban de “Marni la ladrona".
Para la otra chica supuso un mes poniendo copas en el bar.

A dos velas

- ¡Parece que esta noche hay menos luces allí abajo!
- Quizas estén haciendo uno de esos apagones solidarios contra el cambio climático.
- ¿Pero no crees que dura mucho tiempo?
- Será que en Gaza son mucho más solidarios que en Guantanamo que se las dejan todo el día encendida.
- O puede que sea cosa del director de la prisión.
- Puede...

La melodía

Caminaba abstraída en sus pensamientos, no había sido un día fácil, cuando oyó una melodía.
A la luz de una farola se encontraba aquel músico de aspecto extranjero y se detuvo a escucharlo.
Él percibió su mirada, bajo el efecto de la música se había vuelto cristalina, sus dedos parecieron animarse y surgieron notas inflamadas que fueron seguidas por la respiración de ella, por un momento sus almas parecieron danzar acompasadas.
Al terminar, se acercó con vergüenza para dejarle un billete, él la detuvo poniendo la mano sobre el sombrero, la miró y esbozando una sonrisa se llevó la mano a la altura del corazón.
Durante mucho tiempo ella continuó pasando por aquella calle y a la altura de la farola, siempre resonaba en su cabeza la melodía, su mirada se volvía cristalina y su pulso y su respiración se aceleraban.

Perdida

Eran las 7 de la tarde, cuando ella se dirigía al centro comercial con su coche, un Megane que se había comprado hacía dos años.
Todo parecía desarrollarse con normalidad, pero al salir a la carretera, quizás a causa de la noche, no acertó con la dirección adecuada y siguió hacia delante, buscando una referencia o algún sitio donde girar.
Se encontraba desorientada y perdida, primero en una carretera, después en un camino y al cabo de un rato con el coche embarrancado en medio de un campo sin posibilidad de seguir.
Afortunadamente llevaba el móvil y podría avisar para que vinieran a buscarla, ¿pero donde?
Ya amanecía cuando sonaba el teléfono de su nieto y al otro lado su tío decía: ¡Se nos ha perdido la abuela!
Un poco de intuición y algo de conocimiento de la zona ayudaron a que la policía la encontrara, tenía 82 años y parecía estar en buen estado.

El récord

Hacía años que se había dejado de hablar del doping.
Desde que aquel suizo descubriera aquella bacteria inofensiva para el hombre pero que determinaba de forma infalible la existencia de sustancias ajenas al organismo, las marcas mundiales se habían resentido gravemente.
Pero no hay regla sin excepción, y esa tarde de verano, a 500 metros sobre el nivel del mar, con ligero aire en contra, en un estadio abarrotado con más de 150.000 personas se había asistido a un hecho histórico:
Un joven blanco de 20 años había acabado con años de predominio de la raza negra en la distancia de 100 metros, rebajando el récord mundial en nada menos que 23 centésimas de segundo.
Tras la euforia, surgía la duda y la sombra del transgening empezaba a planear sobre el deporte.

La goma de la felicidad

Al nacer en el mismo momento en que cortan tu cordón umbilical, no quedas libre.
Quien me lo contó, vió como el espíritu quedaba unido a una ´”goma elástica invisible”, que es la que controla la felicidad.

Trasladaré la explicación a un plano físico:
Las propiedades de esta goma y el ambiente que la rodea determinarán su capacidad de estirarse y encogerse.
En el punto de máximo alejamiento de la situación de equilibrio es cuando gozamos de lo que llamamos “felicidad”.
Cuando las propiedades de la goma se degradan, la capacidad de cambio disminuye y tu situación queda estancada a cierta distancia del punto de equilibrio original, es lo que alguna gente llama “falsa felicidad” (o en su versión negativa “falsa infelicidad”).

Ataque a la Tierra

Cuando era pequeño decían eso de que si todos los chinos saltaran a un tiempo provocarían un terremoto.
En la universidad en algún ejercicio recuerdo que se comentaba que si un batallón del ejercito pasaba marcando en paso por un puente con una cierta frecuencia, este se podía destruir.
Hace poco leí que hicieron un experimento en Alemania en un concierto con 50.000 personas saltando a la vez, se demostró que la historia de los chinos era impracticable.
Sin embargo, el hombre ha sido mucho más nocivo para el planeta químicamente que físicamente, con actuaciones habituales que aparentemente no entrañaban riesgo, primero fueron los CFC y el agujero de ozono, lo siguiente el CO2 y el cambio climático... ¿que futuro nos espera? ¿de que no nos hemos enterado todavía?
Igual que tras los atentados de las torres gemelas se echo mano de los guionistas de Hollywood para prever nuevos escenarios de ataque, creo que podrían trabajar un poquito más e imaginar estos otros peligros más silenciosos a los que todos colaboramos sin poder evitarlo.

La cita

Le había prometido que no faltaría a la cita.
Y ahí estaba él, conduciendo en medio de la noche en una carretera solitaria. Ya llevaba unos cuantos kilómetros y el cansancio se iba acumulando, pero no tenía mucho tiempo, las reuniones de trabajo esta vez le habían retrasado más de lo previsto.
En la radio repasaban éxitos del año que acababa y eso le llevó a pensar durante unos instantes en los hechos importantes sucedidos en su vida.

De repente un túnel de niebla lo envolvió y tuvo que reducir la velocidad.
Minutos más tarde la niebla iba en aumento, las luces largas le presentaban un muro infranqueable de luz blanca que le reflejaba, sería mejor ir en cortas.
Ahora circulaba a menos de 60 km/h ya que en esas condiciones sus reflejos se veían muy mermados.
Miró el reloj, faltaba una hora escasa, poco tiempo para cubrir los 100 km que le quedaban. Solo cabía esperar que el banco de niebla acabara y poder aligerar su marcha.

En el teléfono recibía mensajes, miró la pantalla con cuidado, eran felicitaciones de año nuevo. Esa mañana leía en el periódico el importante negocio que suponía a las empresas de telefonía las felicitaciones de año nuevo, unos 100 millones de euros, ¡que cantidad de buenas intenciones en circulares expresadas a modo de perfecto marketing publicitario!

Por un momento se le había olvidado que hace 3 meses había quedado encontrarse con ella al lado de la torre en el momento de sonar las campanadas.

Por mucho que intentaba concentrarse era inútil, no se veía casi nada, los pueblos a su paso tenían un aspecto fantasmal y no conseguía aumentar la velocidad sin correr el riesgo de salirse en alguna curva.
Decidió parar un momento para llamar, no cogían, escribió un mensaje pero las líneas estaban saturadas, miles de sms sin rostro obstaculizaban un momento que había esperado tanto tiempo. El pensamiento de no llegar le angustió profundamente pero tenía que seguir concentrado en la carretera.

Por fin la niebla pareció remitir, pero ya no podía llegar a tiempo, decidió volver a llamar aunque seguían sin cogerlo.
Su animó parecía decaer a cada tono...

Con una hora de retraso se presentaba bajo la torre. La vió sentada, sola, casi acurrucada.
Al verlo ella tan azorado esbozó una sonrisa sincera y le dio un beso que le devolvió el calor a su cuerpo. A continuación le susurro al oído: ¡Feliz año, recuerda siempre que soy mujer de una sola oportunidad!

Live music

El día había sido lluvioso y frío como de costumbre aunque este año las nieves no habían llegado aún.
Después de cenar era un buen momento para buscar un sitio donde tomar una cerveza escuchando música.
A través de los cristales se veía luz y unas figuras de lana del belén en la ventana nos recordaba que estábamos en navidad.
Aunque la puerta parecía estar cerrada fueron suficientes unos golpes con los nudillos en el cristal para que esta se abriera.
Una estancia pequeña atestada de gente con una pequeña barra hacia pensar que no habíamos llegado a un pub cualquiera, al frente se abría un pasillo del que llegaban murmullos y algunos acordes de guitarra.
La planta baja había sido una vivienda y aún se podía distinguir la cocina mientras que la parte de arriba estaba reservada para usos más privados. Seguro que nunca estuvo tan llena de vida hasta que la gente se acercó en las largas noches de invierno a pasar un rato hablando, bebiendo y cantando.
Hombres y mujeres de todas las edades se repartían incluso por pasillos y escaleras, había dos salas con piano y algunos tocaban con violín o guitarra y en general participaban espontáneamente.
Los sentidos percibían un ambiente agradable, al cabo de un rato el lugar avivaba el deseo hacer vibrar las cuerdas de una guitarra o que tus dedos se dejaran llevar sobre las teclas de un piano.

Con tan solo cerrar los ojos descubres que hay momentos en los que el pasado y el presente se solapan.

Esto es algo de lo que recuerdo ...
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