De la mano del genio

Aquella mañana de domingo, se había levantado temprano, dispuesto a presenciar la creación de una obra maestra.
Que era una obra maestra no cabía ninguna duda si consideramos que se trataba de la mejor pintura de aquel genio del siglo XVIII, la novedad era poder ver como aquella obra se llevaba a cabo.
Habían sido años de duro trabajo, de llamar a puertas y recibir incomprensión hasta que conoció a aquel hombre, un mecenas más propio de una época pasada.
Con la ayuda de espectrómetro y la última tecnología de computación había conseguido reproducir la secuencia que se había seguido para pintar el cuadro, las texturas, los colores, el detalle de cada pincelada.
No llegaría a meterse en la piel del creador pero al menos estaría entre el lienzo y el pincel.
A partir de ahí, las posibilidades que se abrían ante sus ojos eran extraordinarias.

El rito

Araña, que a la puerta del ombligo te encuentro,
trazando círculos en un ritmo sutil e hipnótico
y convocando fuerzas telúricas en tu rito.
Tejiendo telas de siete hilos,
donde al pasar, van a parar las moscas
que un día creyeron manejar su destino.
Confusas y asustadas
sus zumbidos se funden,
se entregan al abismo.

Historias en la memoria

Aquel viejo de barba blanca y abrigo raído había pasado aquella calurosa noche del 15 de julio por aquel pueblo, uno de tantos que se extienden por la geografía de aquel país. Nadie sabía de donde venía ni a nadie pareció interesarle.
A toque de cornetín convocó a la gente en la plaza y allí acudieron para escuchar sus historias más por costumbre y curiosidad que por verdadero interés.
Podría decirse que sus palabras cayeron entre la gente igual que las de otros muchos que pasaban por allí cada verano, así pues no demostraron especial entusiasmo.

Aquella gente, de vida dura y laboriosa, solía ocupar sus pensamientos en meras cuestiones cotidianas siendo rara la vez que se entregaban a reflexiones más profundas.

Pasados dos días la gente empezó a comentar sus impresiones sobre las historias que les había contado.
Por algún extraño proceso mental la historia quedó impregnada en el subconsciente de aquella gente. Poco a poco se iban borrando de sus memorias las palabras superfluas de aquel relato y cuando ya solo quedaban las significativas se iban arraigando y haciendo más presentes. Como pinceladas de un cuadro impresionista, que unidas por el ojo van cobrando sentido, las palabras iban formando pensamientos trascendentes y comenzaban a desarrollarse como si de seres vivos se tratara.
Nadie podía imaginar que esas historias hubieran sido contadas allí por primera vez y que jamás volverían a repetirse y aún menos previsible era que tuvieran ese efecto que estaba alterando la vida de la gente de aquel tranquilo lugar.
Algunos dijeron de buscar a aquel extraño contador de historias pero su búsqueda fue inútil.
Es improbable que ustedes se crucen con aquel hombre y más aún que escuchen las historias tal como fueron contadas aquella noche pero quizás algún día oigan hablar de las ideas que a partir de aquel momento empezaron a crecer en las cabezas de aquellos hombres.

La hoja que rie


- ¡Señor, señor! ¿nos compra una hoja?, solo cuesta 5 centimos, es para los niños de Africa.

Pasé de largo , pero un acto reflejo hizo que metiera la mano en el bolsillo del pantalón.
Esa niña me recordó algo. Parecía muy locuaz y despierta y llebava el pelo largo y revuelto.
Gire la cabeza y rapidamente se arrancó con los patines aventajando al niño que trataba de llegar antes que ella.

Me tendió la mano ... era una hoja con una sonrisa ...

Palabras de mimo

Aquella mañana estaba colocado en un lado de la plaza, a la salida de una de las calles de mayor afluencia.
Podría decirse que se trataba de un ser metálico a no ser por la piel que la pintura dejaba entrever por debajo de las orejas.
El grupo de niños, acompañado por su profesor, que lo rodeaba estallaba en sonoras carcajadas.
Un niño rubio de unos 11 años pasaba repetidamente un billete de 50 zlotys por delante de la nariz del mimo sin que el dinero tuviera como destino el sombrero de las propinas, aunque este fiel a su actuación parecía no inmutarse.
Pasados unos minutos otro niño se decidió a realizar la misma actuación ante el éxito cosechado entre sus compañeros.
Los ojos de aquel ser metálico parecieron empañarse y la pintura era ya incapaz de disimular su furia contenida.
Así fue como el mimo rompió su silencio. De su boca, de dentadura incompleta, brotarón palabras en un idioma que no hacía falta entender para comprender su significado.
Una vez terminado se dirigió calle abajo buscando un lugar más comprensivo y allí quedó el olor de la vergüenza del comportamiento humano frente a sus semejantes.

El buen juego

Jugar plástico, tranquilo,
confiados de ganar,
fluir de uno a otro,
de repente, en profundidad,
emociones compartidas,
no hay temor a no alcanzar,
una u otra vez será,
sigue, sigue, adelante,
insistir de una y otra forma,
un discurrir elegante,
sin parar hasta el final,
jugando así sí,
con la cabeza alta,
sin euforias vanas,
disfrutanto del camino,
la gloria espera al final.

Pasarela sobre el Ebro


Mirando hacia adelante,
y a favor de corriente,
firme y altiva,
al esfuerzo entregada,
en sus tendones
soporta con gusto,
voluntaria,
el paso entre riberas.

Como un arco,
tensado por el agua,
apuntando a un horizonte
de esperanza.

Pasarela la llaman,
ya que al paso se atraviesa,
al paso del pasajero, del paseante,
aunque alma de puente tiene.